mayo 18, 2013

Ahí estaba ella, mi precioso tormento, bailando al ritmo de la lluvia en la oscuridad. No hacía falta más luz que su sonrisa para poder distinguir los gráciles movimientos de su silueta al danzar en medio de aquella habitación, que tantas veces había sido testigo de nuestro amor, de nuestro odio, de nuestras tristezas, de nuestras pérdidas y alegrías. Testigo de todo lo que ella era, y de cómo yo me había formado a base de ilusiones y magia que ella iba dejando en cada rincón.
Amaba absolutamente todo de aquella mujer, desde la forma en que miraba cuando estaba feliz hasta la manera de preparar café. La constelación que formaban los lunares de su espalda, el camino largo de sus pestañas, los movimientos de sus labios al hablar, la manera tan perfecta en que su rostro y su cuello se encontraban en un mismo punto de su perfecto cuerpo, las venas dibujadas en sus manos, la punta fina y fría de su nariz. Las conversaciones que mantenía con ella misma cuando creía que estaba sola, cómo ladeaba su cabeza cuando estaba inventando alguna historia para después escribirla en una noche entera, cómo a la mañana siguiente no quería levantarse de la cama, su manera tan especial de agradecer el desayuno hecho en casa. Sus marcas oscuras debajo de sus ojos por preferir pensar que dormir, el solitario lunar que reposaba dichoso cerca de su ombligo, los movimientos de sus ojos al leer su libro favorito. Y la manera en la que me salvó, eso era lo que amaba más. Cómo me había tomado de la mano para evitar que cayera en el abismo que yo mismo había creado para mí. Ella me ayudó a cerrarlo, para llevarme a otro más profundo a su lado.
Me recargué en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre mi pecho, como intentando evitar que mi corazón huyera de mí y fuera hasta su  verdadera dueña, la mujer que estaba a pocos metros, disfrutando del sonido de la lluvia e hipnotizándome con sus movimientos. Olvidé el tiempo mientras contemplaba su largo cabello, en donde mis dedos se habían enredado un millón de veces, sus caderas, en donde me encantaba perderme, sus largas piernas, que gustaban de enredarse en las mías cada noche, la perfecta curva de sus pechos, que me volvían loco sin ni siquiera tocarlos. Todo en la oscuridad. Todo a la luz de su presencia.

—Mi querido señor, ¿acaso no sabe usted que observar a las personas sin que éstas se den cuenta es de mala educación? —Sonrió, con esa sonrisa suya que lucía tan mágica y maravillosa atrapada en sus preciosos labios. Comenzó a caminar hacia mí a pasos lentos y ligeros, como una niña asustada por estar sola en una habitación oscura y temerosa por lo que pueda llegar a encontrar. Detuvo sus pasos hasta que su pecho pegó con el mío. Con sus labios, lo más cerca que se puede estar de otros labios sin llegar a tocarse, me dijo en un susurro: —Entonces dígame, mi querido señor, ¿lo sabe o no?

—Discúlpeme, señorita —atrapé un mechón de su cabello alborotado y lo puse con cuidado detrás de su oreja—, por estar observándola todo este tiempo sin que usted se diese cuenta. Le juro, soy un hombre educado.

Ella volvió a sonreír, satisfecha por mi respuesta. Agachó la cabeza por un momento, para dejar libre otra vez el mechón de su cabello. Sus manos se posaron sobre mis hombros, mis brazos la rodearon hasta llegar a su espalda, sus dedos comenzaron a hacer círculos sobre mi piel desnuda, caminando, subiendo por mi cuello, acariciando mi mandíbula, llegando a mis labios. Separó un poco mis labios con sus hábiles y delgados dedos, yo me estremecí.

—Acepto su disculpa, mi querido señor —con mis labios ligeramente abiertos, comenzó a delinearlos con la yema de su dedo, una y otra vez, suave y delicadamente—, pero con la condición de que me deje hacer con usted lo que yo quiera esta hermosa noche.

—Soy suyo. —Cambió sus dedos por sus labios, y me besó. Me besó como si hubiera estado perdida en medio del desierto y hubiese encontrado en mí el oasis que tanto había estado buscando. Entre los pequeños descansos que hacían nuestras bocas para respirar de nuestros alientos, le susurré: —Soy suyo, señorita. Esta noche. Mañana. Siempre.

Y el juego comenzó.
Cada día a su lado, era diferente al anterior. Cada día me enseñaba una manera más de amar, una forma distinta de besar, un truco tras otro para disfrutar de la vida. La semana pasada ella era una reina y yo un plebeyo, ayer ella era la luna y yo el sol, esta noche quiso simplemente hablarme con educación, como si no nos conociéramos y yo seguí su juego. Mañana, tal vez, ella sería una artista y yo un cazatalentos, o quizá una dama en apuros y yo su caballero salvador.
Me encargué de adherir mi alma a la suya, mi cuerpo a su cuerpo, mi vida a su vida, mi corazón a su corazón durante cada momento que compartíamos juntos, para que nadie me pudiera separar de ella jamás. Me tenía en sus manos. Era mi dueña. Yo era simplemente lo que ella quisiera que yo fuera. Ladrón, caballero, mendigo. Podía ser lo que sea, pero junto a ella.
La oscuridad fue testigo de lo que hizo conmigo esa noche. Hizo electricidad, no aquella que faltaba para encender el foco de la habitación, sino aquella que encendía mi corazón.