La
leyenda dice que Selene, Diosa de la luna, anhelaba un hombre que la amara y le
hiciera compañía en la eternidad. Entró al reino celestial en busca de ayuda,
pero los ángeles se negaron a dársela.
—Aquello que desea tu corazón, Luna atormentada, sólo se puede crear con oscuridad —le dijo un ángel—. No podemos ayudarte.
Así, enferma de soledad, Selene bajó a los infiernos en busca de algún ser que estuviese dispuesto a ayudarla. En su búsqueda, encontró a uno de los demonios más poderosos: el hijo de Lucifer. El joven demonio, maldito por su destino, al igual que ella, estuvo dispuesto a cumplir su capricho desde el primer momento en que la vio. Esforzándose por no perder su fuerza y gran poder, el demonio lo intentó todo para darle un compañero eterno a su Luna, pero nada funcionaba. La Diosa se dio por vencida. Decidió salir de los infiernos para volver a la soledad de la noche. El demonio, desesperado por no perder a Selene, hizo algo que ningún otro ser oscuro hubiese hecho jamás: ofrecer sus poderes a alguien más. Siguió a su Luna hasta el mundo humano y le entregó cuatro gotas de su sangre y las lágrimas que nunca había derramado, para que lo intentara una vez más.
—Busca a tu hombre, llévalo a lo más profundo del bosque y arráncale el corazón. Deja que su sangre manche la tierra, vierte mi sangre y mis lágrimas en su pecho… después espera a que despierte con el peso de la eternidad en sus manos. No volverás a estar sola jamás.
Selene, entusiasmada, no se conformó con un solo hombre y buscó a los cuatro varones más hermosos del mundo, para que le hiciesen compañía en la eternidad. Los arrastró a lo más profundo del bosque y les arrancó el corazón. Después repartió la sangre y las lágrimas en los cuatro pechos de los humanos, y esperó a que la inmortalidad se apoderara de ellos.
Cuando los cuatro hombres despertaron, se enamoraron
tanto de ella que se negaron a compartirla. Selene se vio obligada a dividir su
tiempo para que sus cuatro amantes no pelearan entre sí. Y así pues, decidió dividir
el año humano en cuatro partes. Ella lo nombró “estaciones”. Cuatro hombres, cuatro
estaciones. Cada uno tenía una personalidad diferente y en base a ello, gracias
a que llevaban sangre de demonio en su interior, desarrollaron diferentes
poderes, haciendo cambiar el clima y el tiempo.
Pero aquel no había sido el plan del demonio. Él había
acordado que sería sólo un hombre, no cuatro. Selene le había arrebatado más
poder de lo planeado. Al perder su fuerza y poder, ya no era capaz de resistir
las llamas del infierno y se vio obligado a abandonarlo.
El demonio se había enamorado de Selene de una manera tan profunda, que lo primero que hizo fue buscarla para poder estar con ella, aunque tuviera que compartir su cariño con cuatro almas más, pero ésta lo rechazó; bastante tenía con sus cuatro amantes y no podía acomodar su tiempo para uno más.
A pesar de amarla, el demonio juró vengarse de la Luna
y de sus cuatro amantes. Encontraría la manera de quitarles la inmortalidad
para poder matarlos, recuperar su sangre y las lágrimas que alguna vez derramó.
Y así, con el poder devuelta en su interior, arrastrar a Selene a los infiernos
para siempre.
Se dice que el demonio aún no ha encontrado la manera
de matar a los cuatro amantes, porque todos carecen de corazón y los seres sin
corazón no pueden morir.
Al paso de los siglos, la naturaleza fue fortaleciendo
los poderes de los cuatro amantes, gracias a que su sangre fue derramada sobre
ella. Eternos y poderosos, comenzaron a rechazar a Selene y se hicieron
independientes. Selene, al sentirse traicionada, los castigó encerrándolos por
siempre en sus respectivas estaciones.
—Vivirás sólo en invierno —le dijo a uno de ellos—, y dormirás el resto del ciclo, sin disfrutar del poder que se te otorgó. Te encargarás de cumplir cada deseo, de cada ser humano, en tu solsticio. Por más dolorosos que sean; traiciones o muertes, deberás cumplirlo. Sufrirás junto a ellos, disfrutarás de sus victorias y llorarás sus derrotas. No te vas a liberar del castigo hasta que me ames otra vez.
Primavera, la tierra que alimenta.
Verano, el agua que purifica.
Otoño, el fuego que protege.
Invierno, el viento que asesina.
Y así, los cuatro hombres quedaron condenados a vivir
entre tormentos, para siempre.
