septiembre 09, 2013



La leyenda dice que Selene, Diosa de la luna, anhelaba un hombre que la amara y le hiciera compañía en la eternidad. Entró al reino celestial en busca de ayuda, pero los ángeles se negaron a dársela.

—Aquello que desea tu corazón, Luna atormentada, sólo se puede crear con oscuridad —le dijo un ángel—. No podemos ayudarte.

Así, enferma de soledad, Selene bajó a los infiernos en busca de algún ser que estuviese dispuesto a ayudarla. En su búsqueda, encontró a uno de los demonios más poderosos: el hijo de Lucifer. El joven demonio, maldito por su destino, al igual que ella, estuvo dispuesto a cumplir su capricho desde el primer momento en que la vio. Esforzándose por no perder su fuerza y gran poder, el demonio lo intentó todo para darle un compañero eterno a su Luna, pero nada funcionaba. La Diosa se dio por vencida. Decidió salir de los infiernos para volver a la soledad de la noche. El demonio, desesperado por no perder a Selene, hizo algo que ningún otro ser oscuro hubiese hecho jamás: ofrecer sus poderes a alguien más. Siguió a su Luna hasta el mundo humano y le entregó cuatro gotas de su sangre y las lágrimas que nunca había derramado, para que lo intentara una vez más.

—Busca a tu hombre, llévalo a lo más profundo del bosque y arráncale el corazón. Deja que su sangre manche la tierra, vierte mi sangre y mis lágrimas en su pecho… después espera a que despierte con el peso de la eternidad en sus manos. No volverás a estar sola jamás.

Selene, entusiasmada, no se conformó con un solo hombre y buscó a los cuatro varones más hermosos del mundo, para que le hiciesen compañía en la eternidad. Los arrastró a lo más profundo del bosque y les arrancó el corazón. Después repartió la sangre y las lágrimas en los cuatro pechos de los humanos, y esperó a que la inmortalidad se apoderara de ellos.
Cuando los cuatro hombres despertaron, se enamoraron tanto de ella que se negaron a compartirla. Selene se vio obligada a dividir su tiempo para que sus cuatro amantes no pelearan entre sí. Y así pues, decidió dividir el año humano en cuatro partes. Ella lo nombró “estaciones”. Cuatro hombres, cuatro estaciones. Cada uno tenía una personalidad diferente y en base a ello, gracias a que llevaban sangre de demonio en su interior, desarrollaron diferentes poderes, haciendo cambiar el clima y el tiempo.
Pero aquel no había sido el plan del demonio. Él había acordado que sería sólo un hombre, no cuatro. Selene le había arrebatado más poder de lo planeado. Al perder su fuerza y poder, ya no era capaz de resistir las llamas del infierno y se vio obligado a abandonarlo.

El demonio se había enamorado de Selene de una manera tan profunda, que lo primero que hizo fue buscarla para poder estar con ella, aunque tuviera que compartir su cariño con cuatro almas más, pero ésta lo rechazó; bastante tenía con sus cuatro amantes y no podía acomodar su tiempo para uno más.
A pesar de amarla, el demonio juró vengarse de la Luna y de sus cuatro amantes. Encontraría la manera de quitarles la inmortalidad para poder matarlos, recuperar su sangre y las lágrimas que alguna vez derramó. Y así, con el poder devuelta en su interior, arrastrar a Selene a los infiernos para siempre.
Se dice que el demonio aún no ha encontrado la manera de matar a los cuatro amantes, porque todos carecen de corazón y los seres sin corazón no pueden morir.

Al paso de los siglos, la naturaleza fue fortaleciendo los poderes de los cuatro amantes, gracias a que su sangre fue derramada sobre ella. Eternos y poderosos, comenzaron a rechazar a Selene y se hicieron independientes. Selene, al sentirse traicionada, los castigó encerrándolos por siempre en sus respectivas estaciones.

—Vivirás sólo en invierno —le dijo a uno de ellos—, y dormirás el resto del ciclo, sin disfrutar del poder que se te otorgó. Te encargarás de cumplir cada deseo, de cada ser humano, en tu solsticio. Por más dolorosos que sean; traiciones o muertes, deberás cumplirlo. Sufrirás junto a ellos, disfrutarás de sus victorias y llorarás sus derrotas. No te vas a liberar del castigo hasta que me ames otra vez.

Primavera, la tierra que alimenta.
Verano, el agua que purifica.
Otoño, el fuego que protege.
Invierno, el viento que asesina.


Y así, los cuatro hombres quedaron condenados a vivir entre tormentos, para siempre.

mayo 18, 2013

Ahí estaba ella, mi precioso tormento, bailando al ritmo de la lluvia en la oscuridad. No hacía falta más luz que su sonrisa para poder distinguir los gráciles movimientos de su silueta al danzar en medio de aquella habitación, que tantas veces había sido testigo de nuestro amor, de nuestro odio, de nuestras tristezas, de nuestras pérdidas y alegrías. Testigo de todo lo que ella era, y de cómo yo me había formado a base de ilusiones y magia que ella iba dejando en cada rincón.
Amaba absolutamente todo de aquella mujer, desde la forma en que miraba cuando estaba feliz hasta la manera de preparar café. La constelación que formaban los lunares de su espalda, el camino largo de sus pestañas, los movimientos de sus labios al hablar, la manera tan perfecta en que su rostro y su cuello se encontraban en un mismo punto de su perfecto cuerpo, las venas dibujadas en sus manos, la punta fina y fría de su nariz. Las conversaciones que mantenía con ella misma cuando creía que estaba sola, cómo ladeaba su cabeza cuando estaba inventando alguna historia para después escribirla en una noche entera, cómo a la mañana siguiente no quería levantarse de la cama, su manera tan especial de agradecer el desayuno hecho en casa. Sus marcas oscuras debajo de sus ojos por preferir pensar que dormir, el solitario lunar que reposaba dichoso cerca de su ombligo, los movimientos de sus ojos al leer su libro favorito. Y la manera en la que me salvó, eso era lo que amaba más. Cómo me había tomado de la mano para evitar que cayera en el abismo que yo mismo había creado para mí. Ella me ayudó a cerrarlo, para llevarme a otro más profundo a su lado.
Me recargué en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre mi pecho, como intentando evitar que mi corazón huyera de mí y fuera hasta su  verdadera dueña, la mujer que estaba a pocos metros, disfrutando del sonido de la lluvia e hipnotizándome con sus movimientos. Olvidé el tiempo mientras contemplaba su largo cabello, en donde mis dedos se habían enredado un millón de veces, sus caderas, en donde me encantaba perderme, sus largas piernas, que gustaban de enredarse en las mías cada noche, la perfecta curva de sus pechos, que me volvían loco sin ni siquiera tocarlos. Todo en la oscuridad. Todo a la luz de su presencia.

—Mi querido señor, ¿acaso no sabe usted que observar a las personas sin que éstas se den cuenta es de mala educación? —Sonrió, con esa sonrisa suya que lucía tan mágica y maravillosa atrapada en sus preciosos labios. Comenzó a caminar hacia mí a pasos lentos y ligeros, como una niña asustada por estar sola en una habitación oscura y temerosa por lo que pueda llegar a encontrar. Detuvo sus pasos hasta que su pecho pegó con el mío. Con sus labios, lo más cerca que se puede estar de otros labios sin llegar a tocarse, me dijo en un susurro: —Entonces dígame, mi querido señor, ¿lo sabe o no?

—Discúlpeme, señorita —atrapé un mechón de su cabello alborotado y lo puse con cuidado detrás de su oreja—, por estar observándola todo este tiempo sin que usted se diese cuenta. Le juro, soy un hombre educado.

Ella volvió a sonreír, satisfecha por mi respuesta. Agachó la cabeza por un momento, para dejar libre otra vez el mechón de su cabello. Sus manos se posaron sobre mis hombros, mis brazos la rodearon hasta llegar a su espalda, sus dedos comenzaron a hacer círculos sobre mi piel desnuda, caminando, subiendo por mi cuello, acariciando mi mandíbula, llegando a mis labios. Separó un poco mis labios con sus hábiles y delgados dedos, yo me estremecí.

—Acepto su disculpa, mi querido señor —con mis labios ligeramente abiertos, comenzó a delinearlos con la yema de su dedo, una y otra vez, suave y delicadamente—, pero con la condición de que me deje hacer con usted lo que yo quiera esta hermosa noche.

—Soy suyo. —Cambió sus dedos por sus labios, y me besó. Me besó como si hubiera estado perdida en medio del desierto y hubiese encontrado en mí el oasis que tanto había estado buscando. Entre los pequeños descansos que hacían nuestras bocas para respirar de nuestros alientos, le susurré: —Soy suyo, señorita. Esta noche. Mañana. Siempre.

Y el juego comenzó.
Cada día a su lado, era diferente al anterior. Cada día me enseñaba una manera más de amar, una forma distinta de besar, un truco tras otro para disfrutar de la vida. La semana pasada ella era una reina y yo un plebeyo, ayer ella era la luna y yo el sol, esta noche quiso simplemente hablarme con educación, como si no nos conociéramos y yo seguí su juego. Mañana, tal vez, ella sería una artista y yo un cazatalentos, o quizá una dama en apuros y yo su caballero salvador.
Me encargué de adherir mi alma a la suya, mi cuerpo a su cuerpo, mi vida a su vida, mi corazón a su corazón durante cada momento que compartíamos juntos, para que nadie me pudiera separar de ella jamás. Me tenía en sus manos. Era mi dueña. Yo era simplemente lo que ella quisiera que yo fuera. Ladrón, caballero, mendigo. Podía ser lo que sea, pero junto a ella.
La oscuridad fue testigo de lo que hizo conmigo esa noche. Hizo electricidad, no aquella que faltaba para encender el foco de la habitación, sino aquella que encendía mi corazón.