Amaba absolutamente
todo de aquella mujer, desde la forma en que miraba cuando estaba feliz hasta
la manera de preparar café. La constelación que formaban los lunares de su
espalda, el camino largo de sus pestañas, los movimientos de sus labios al
hablar, la manera tan perfecta en que su rostro y su cuello se encontraban en
un mismo punto de su perfecto cuerpo, las venas dibujadas en sus manos, la
punta fina y fría de su nariz. Las conversaciones que mantenía con ella misma
cuando creía que estaba sola, cómo ladeaba su cabeza cuando estaba inventando
alguna historia para después escribirla en una noche entera, cómo a la mañana
siguiente no quería levantarse de la cama, su manera tan especial de agradecer
el desayuno hecho en casa. Sus marcas oscuras debajo de sus ojos por preferir
pensar que dormir, el solitario lunar que reposaba dichoso cerca de su ombligo,
los movimientos de sus ojos al leer su libro favorito. Y la manera en la que me
salvó, eso era lo que amaba más. Cómo me había tomado de la mano para evitar
que cayera en el abismo que yo mismo había creado para mí. Ella me ayudó a
cerrarlo, para llevarme a otro más profundo a su lado.
Me recargué en el
marco de la puerta, cruzando los brazos sobre mi pecho, como intentando evitar
que mi corazón huyera de mí y fuera hasta su verdadera dueña, la mujer que estaba a pocos metros,
disfrutando del sonido de la lluvia e hipnotizándome con sus movimientos.
Olvidé el tiempo mientras contemplaba su largo cabello, en donde mis dedos se
habían enredado un millón de veces, sus caderas, en donde me encantaba
perderme, sus largas piernas, que gustaban de enredarse en las mías cada noche,
la perfecta curva de sus pechos, que me volvían loco sin ni siquiera tocarlos.
Todo en la oscuridad. Todo a la luz de su presencia.
—Mi querido señor,
¿acaso no sabe usted que observar a las personas sin que éstas se den cuenta es
de mala educación? —Sonrió, con esa sonrisa suya que lucía tan mágica y
maravillosa atrapada en sus preciosos labios. Comenzó a caminar hacia mí a
pasos lentos y ligeros, como una niña asustada por estar sola en una habitación
oscura y temerosa por lo que pueda llegar a encontrar. Detuvo sus pasos
hasta que su pecho pegó con el mío. Con sus labios, lo más cerca que se puede
estar de otros labios sin llegar a tocarse, me dijo en un susurro: —Entonces dígame,
mi querido señor, ¿lo sabe o no?
—Discúlpeme, señorita
—atrapé un mechón de su cabello alborotado y lo puse con cuidado detrás de su
oreja—, por estar observándola todo este tiempo sin que usted se diese cuenta.
Le juro, soy un hombre educado.
Ella volvió a sonreír,
satisfecha por mi respuesta. Agachó la cabeza por un momento, para dejar libre otra
vez el mechón de su cabello. Sus manos se posaron sobre mis hombros, mis brazos
la rodearon hasta llegar a su espalda, sus dedos comenzaron a hacer círculos sobre
mi piel desnuda, caminando, subiendo por mi cuello, acariciando mi mandíbula,
llegando a mis labios. Separó un poco mis labios con sus hábiles y delgados
dedos, yo me estremecí.
—Acepto su
disculpa, mi querido señor —con mis labios ligeramente abiertos, comenzó a
delinearlos con la yema de su dedo, una y otra vez, suave y delicadamente—,
pero con la condición de que me deje hacer con usted lo que yo quiera esta
hermosa noche.
—Soy suyo. —Cambió
sus dedos por sus labios, y me besó. Me besó como si hubiera estado perdida en
medio del desierto y hubiese encontrado en mí el oasis que tanto había estado
buscando. Entre los pequeños descansos que hacían nuestras bocas para respirar
de nuestros alientos, le susurré: —Soy suyo, señorita. Esta noche. Mañana. Siempre.
Y el juego comenzó.
Cada día a su lado,
era diferente al anterior. Cada día me enseñaba una manera más de amar, una
forma distinta de besar, un truco tras otro para disfrutar de la vida. La
semana pasada ella era una reina y yo un plebeyo, ayer ella era la luna y yo el
sol, esta noche quiso simplemente hablarme con educación, como si no nos conociéramos
y yo seguí su juego. Mañana, tal vez, ella sería una artista y yo un
cazatalentos, o quizá una dama en apuros y yo su caballero salvador.
Me encargué de adherir
mi alma a la suya, mi cuerpo a su cuerpo, mi vida a su vida, mi corazón a su
corazón durante cada momento que compartíamos juntos, para que nadie me pudiera
separar de ella jamás. Me tenía en sus manos. Era mi dueña. Yo era simplemente
lo que ella quisiera que yo fuera. Ladrón, caballero, mendigo. Podía ser lo que
sea, pero junto a ella.
La oscuridad fue
testigo de lo que hizo conmigo esa noche. Hizo electricidad, no aquella que
faltaba para encender el foco de la habitación, sino aquella que encendía mi
corazón.
1 comentario:
Me trae recuerdos de nebulosos tormentos pasados, gracias
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